martes, 19 de junio de 2018

La paradoja del conflicto

James Hillman es un psiquiatra estadounidense que acuña un interesante concepto que es el de "monoteísmo cultural" a partir del cual resulta sencillo explicar el origen de todas aquellas diferencias de opinión que día a día se reproducen a través de nuestras producciones culturales. De acuerdo a su teoría, nuestro inconsciente está conformado por una estructura de arquetipos cuyo análogo más directo son las mitologías politeístas, dando preponderancia en sus escritos a la grecorromana.

Si hacemos una revisión de panteones a lo largo del mundo nos daremos cuenta que sus miembros son retratados con cualidades humanas y estableciendo dinámicas de mutualismo y conflicto que suelen alternarse entre sí. De lo poco que sabemos acerca de las culturas antiguas no se conocen casos de guerras entre panteones, apenas algunas escaramuzas entre adoradores de distintos dioses. Es más, muchos panteones han adoptado algunas imágenes de dioses foráneos y de la misma manera existen deidades que se han paseado a lo largo de diversas culturas, al menos en el núcleo mediterráneo.   Incluso, algunos investigadores y charlatanes se han atrevido a establecer, con mayor o menor exactitud y fortuna, interesantes paralelos entre culturas mesoamericanas y mediterráneas.

Yin y yang en su constante devenir


El monoteísmo, que nació en el medio oriente y se expandió a lo largo del globo, es una religión con un fuerte sentido patriarcal, donde un dios en el cielo es origen y fin último de toda la creación y todo, incluyendo aquello que no lo desea, termina subordinándose a él. Si bien, durante los últimos 200 años esta idea de deidad ha sido de algún modo reemplazada por la razón y la ciencia, la humanidad ha terminado desarrollando un sistema social y económico con principios globales e indiscutidos, como las nociones de progreso y desarrollo, una creciente dependencia de la tecnología que nos ha permitido liberarnos de un montón de tareas cotidianas y limitaciones geográficas y culturales logrados a partir de un desarrollo industrial y tecnológico acelerado y constante.

 Raúl Ruiz, prolífico director de cine chileno, en sus poéticas del cine desarrolla otro, similar al anterior, que es el de la dictadura del "conflicto central" que en su vertiente política está caracterizada por la "lucha de clases" descrita por Marx y cuyo antecedente más directo es la dialéctica griega, donde básicamente nos encontramos con un incesante enfrentamiento entre dos fuerzas antagónicas que en su devenir conforman la realidad como la conocemos. El cine que Ruiz desarrolla, y sus teorías, ponen su atencion en aquellas zonas grises donde ese conflicto se desdibuja, o lisa y llanamente desaparece. Cuando elegimos no elegir, cuando nos dejamos arrastrar por las fuerzas invisibles. Paradójicamente, uno de los ejemplos que Ruiz utiliza para ilustrar sus puntos de vista es el "conflicto" (o juego, como prefiere llamarlo) entre dos principios, Misterio, que busca esconder, y Ministerio, que busca explicar. Los antiguos chinos, a su vez, desarrollaron el libro de las mutaciones, donde se refleja la alternancia eterna entre dos polaridades definidas como yin y yang y sus permutaciones matemáticas, conflicto que nuestros antepasados mapuches imaginaron como la lucha de las serpientes tren-tren y kaikaivilú.

Así, todas nuestras interacciones sociales están definidas en términos dialécticos. Las historias que consumimos muestran siempre el enfrentamiento del "bien" contra el "mal". Los medios de comunicación de masas buscan generar y alimentar debates públicos en base a los acontecimientos determinados como relevantes que tradicionalmente se estructuran en torno a dos posturas antagónicas fundamentales, hay historiadores como Sergio Villalobos que advierten contra el peligro de los "tres tercios" y defienden el sistema binominal que, con algunas cosméticas modificaciones, todavía subsiste en la actualidad. Los heroes y villanos son definidos en torno a algún aspecto limitado de su personalidad a partir del cual son amados y odiados por partes iguales de acuerdo al punto de vista desde el cual se los mire.

Las fuerzas antagónicas jamás se anulan entre sí, sin ellas no existe devenir posible. El término de un conflicto nos obliga a buscarnos otro, de naturaleza distinta, en algún otro ámbito y sin embargo a menudo nos sentimos inclinados hacia uno u otro lado de la balanza, impidiéndonos ver que somos fruto de la conjunción y relación de ambas fuerzas. "Y nosotros, que pensamos en la felicidad creciente, sentiríamos la emoción que casi nos consterna cuando algo feliz se derrumba." decía sin embargo el gran poeta Rainier María Rilke ya a comienzos del siglo XX, luego de que el filósofo Nietzche proclamara con estruendo "Dios ha muerto" y sin embargo seguimos haciendo como si estuviese vivo, o nos vemos obligados a resucitarlo una y otra vez hasta que la muerte resulta poco menos que un descanso transitorio, como podemos comporobar observando las grandes mitologías modernas contenidas en los universos superheroicos de las grandes compañías de comics norteamericanas que durante este siglo se encuentran traspasándose en forma masiva al cine de entretención luego de 50 años de historias ininterrumpidas, de crisis existenciales y conflictos cada vez a mayor escala, donde universos completos nacen y mueren como quien se toma una taza de café, y sin embargo el conflicto siempre se las arregla para subsistir.

 Hasta que dejemos de contarnos historias y volvamos a observar con distancia e involucramiento el acontecer, y nos demos cuenta que ese conflicto es sólo un punto de vista intercambiable, como enseñaban los viejos mitos. Cuando el paso del tiempo y el invierno, el descanso y la muerte ya no son temidos ni glorificados, simplemente son estados cambiantes que también nos traen maravillas por descubrir.



miércoles, 30 de mayo de 2018

Cómo desarrollé el paladar (soy lo que como) 1

"La pobreza lo pone a uno creativo" decía un amigo cuando en su casa saltéabamos zanahorias y betarragas para acompañar unos fideos insípidos que a decir verdad quedaban bien sabrosos. En esos tiempos mi sustento estaba asegurado con el arriendo de la casa en la cual vivo hace dos años y la pensión de mi abuela alcanzaba para una dieta llena de cosas ricas y, por cierto sanas y lo más naturales posibles en esta era en que las semillas transgénicas abundan y cualquier intento de alimentación saludable implica un cierto grado de ceguera o ingenuidad.

Desde chico fui malacostumbrado a comer aparte, quizás por esos llantos desgarradores y desesperantes que solía emitir mi abuela me cocinaba aparte y libre quedaba de los caldos de huesos, de los guisos y charquicanes, de los bistec de hígado y su textura harinosa, de las guatitas, chunchules y huevos de pescado que solía traer en esos años donde la variedad alimentaria era un lujo y la comida se repetía a ritmos regulares durante años. Legumbres, tallarines un tanto recocidos, arroz mazamorriento con bistec de corazón o carne molida o vienesas, cazuelas de carne y siempre un plato de ensalada de zanahoria rallada, tomates en mi plato especial con forma de pescado y un postre de manzana rallada con jugo de naranja. Desayunaba y merendaba pan con mantequilla, a veces con super kao sin leche, a veces con te supremo de bolsa, que entonces sabía a té. A veces papas fritas, y cuando no habia pan bollos dulces o salados. A mi abuela no le gustaba mucho cocinar, pero se esmeraba en darle variedad a nuestra dieta. El pollo, el queso, la mermelada, el yoghurt, el manjar de tarro que entonces se preparaba, la coca cola, la mortadela y el pescado frito (que sólo podía ser jurel, mi favorito, o la merluza que nunca me gustó mucho) eran lujos reservados unos pocos días al mes. La leche del consultorio se transformaba en un rico manjar para que yo la consumiera y de vez en cuando no faltaba el queque horneado en casa. Siendo "pobre" de acuerdo a los estándares macroeconómicos que no entendía pese a que en casa se compraba sagradamente La Tercera los domingos uno comía menos, pero relativamente sano. No faltaba su golosina de vez en cuando, y a veces mi viejo me llevaba a comer completos a la schopería Kika del empalme. La comida se compraba en pequeños mercados, de gente conocida, y el pan que transportaba en bolsas de género en el negocio de la vuelta de Don Ernesto, que había sido marino mercante y de vez en cuando contaba una que otra historia.



Todo cambió con la llegada de la democracia. Empezó a haber más abundancia, la coca cola se convirtió en semanal, el pollo apareció con más frecuencia y menos sabor. Fui creciendo y ya no tomaba súper kao, sino té como los grandes. Mi abuela me compraba galletas en el mercado después de la escuela, y en los días escasos tomaba sopa de avena. El pollo frito con papas fritas era un manjar gourmet para mí y empecé a comer cereales al desayuno como los niños gringos.

Mi abuela coleccionaba unos fasículos de recetas que venían con el diario y empecé a conocer la variedad infinita de platos y postres que existían. Muchos de ellos no tenían cabida en mi hogar porque pertenecían a otras culturas y sus ingredientes no se conseguían en ninguno de nuestros mercados coquimbanos.

Todo eso iría cambiando a medida que crecía, visitaba otras casas y mis mañas se veían confrontadas a otros paladares. Descubrí que el queque de la vecina era más rico porque le echaba aceite de vainilla y las cazuelas que preparaba eran más sabrosas porque tenían comino y porotos verdes. Probé la leche con plátano convencido de que no tenía leche y entre burlas tuve que admitir que me gustó.

 A los 13, la mamá de un amigo que tenía negocio y era facha pobre me acorraló un domingo y me obligó a probar las empanadas de pino porque cómo era posible que no me gustaran si era chileno y descubrí que no eran tan malas como su aspecto. Otra vecina venía del sur  y nos daba piñones de araucaria que eran entretenidos de pelar y sabrosos de comer.

Mi progenitor contaba la historia de cómo desarrolló asco a las nueces luego de comerlas todo un verano en Illapel. A mí me pasó con la mermelada de damasco y el pan con tomate y mayonesa que devoraba aquellos veranos adolescentes donde el mundo se sentía tan pequeño frente a la música que empezaba a oir en las radios locales, pero esa es otra historia.

domingo, 1 de abril de 2018

Mis días sin tele

Durante los días de mi niñez habían pocos televisores en el barrio, en mi casa teníamos uno enorme de marca Bolocco en blanco y negro que nos peleábamos con toda nuestra familia para ver los dos canales disponibles con los cuales contábamos.


La última tele que tuve al frente.

Nuestra primera tele a color llegó el año 1988, cuando mi abuelo se ganó la Polla Gol. Era una philip Trenset (o algo así) de 14 pulgadas y con control remoto que se instaló en la pieza que compartía con mi papá. Por primera vez experimenté la libertad de ver lo que yo quería sin necesidad de negociar, y creo que coincidió con la llegada a mi región del canal 13. Las opciones se multiplicaban exponencialmente, tan así que un amigo poeta de mi papá empezó a volverse asiduo a nuestra casa sólo para ver televisión abierta, y durante los partidos de fútbol mi pieza se convertía en un antro lleno de viejos huachacas y olor a cerveza.

Luego, a los 16, experimenté la revolución de la televisión por cable: de 6 canales de pronto tuve 50, con películas subtituladas y sin censura que alimentaron mi curiosidad adolescente y mi falta de recursos para alquilar en los videoclubs, MTV que en ese entonces mostraba músicas raras del mundo anglosajón. Cuántos maratones de películas raras del I Sat y el Cinemax cuyos nombres no recuerdo, cuántas páginas y páginas de las guías mensuales que mi papá y yo marcábamos con los programas y películas que planificábamos ver y que rara vez terminábamos  viendo, y por supuesto, las insoportables horas de tedio sin encontrar en todos esos canales absolutamente ningún programa que valiese la pena hasta que me rendía y prendía la radio.

Si alguien me hubiese anunciado entonces que después de los 30 eliminaría la televisión de mi vida lo hubiera encontrado lo más descabellado del mundo. No me perdía las teleseries del 13 (ni las más malas) aunque mi abuela se obstinara a ver las del nacional en el living y yo terminara viendo las dos a saltos. Ni los estelares llenos de gente rarísima, ni las noticias, ni los reportajes internacionales y los escasos documentales que llegaban a la tevé abierta.

Fue cuando empecé a estudiar periodismo (y sacaron el cable de mi casa) que comencé a a alejarme de la pantallita idiota a comienzos del nuevo milenio, cuando la programación empezó a banalizarse, los noticiarios empezaron a ser secuestrados por las noticias policiales y las notas de tendencias y las discusiones políticas empezaron a desaparecer frente a las de farándula. También en ese entonces empecé a informarme de verdad mientras desarrollaba la conciencia de que los medios tergiversan la realidad y crean discusiones artificiales que mis amigos y yo ya no nos interesaba mucho seguir.

A los 22 tuve mi primera pieza solo, la de mi abuelo, que había fallecido,  y ya no prendí más la tele que había en el lugar hasta que con el paso de los meses se la terminé cediendo a mi abuela. Sólo intervenía en lo que se sintonizaba en mi casa cuando se les ocurría poner el Morandé con Compañía, el Mea Culpa y otras asquerosidades de la misma calaña morbosa. 

 La tevé se transformó en aquel placer culpable que sólo reconocía cuando me sentía en confianza y confesaba que igual veía SQP, y las teleseries mexicanas como la Gata Salvaje, buscándole la gracia por el lado absurdo mientras mi abuela iba siendo capturada para siempre por la demencia senil que comenzaba a manifestarse cuando afirmaba a quien la escuchara "la tele es mi compañera". No era la única, un montón de amigos y amantes de mi edad desarrollaban la manía de mantener la tele prendida sólo para sentirse acompañados ante mi estupor. Me iba acostumbrando a la música, y luego al silencio.

Durante mi pololeo más serio. por un par de meses idílicos logré desterrar la televisión de la pieza de mi ex hasta que finalmente cedí a la presión y tuve mi última cuota de programas. Después de dos años, nuestros desayunos frente al matinal fueron señal inequívoca del desgaste inexorable de nuestra relación. Con mi partida de Coquimbo, la televisión se despidió de mi cotidiano.

Después de casi 30 años llenos de recuerdos de programas, personajes, escenas históricas de toda clase que permanecer grabadas en mi memoria, cada vez que en algún restaurante o en alguna de las casas que aún mantienen aquella costumbre respiro aliviado al darme cuenta que hay rostros que ya no reconozco. Coberturas excesivas como aquella de la visita del papa apenas son un eco para mi. Igual a través de redes sociales capto algunas cosas sueltas, pero no me creo tan soberano como para asegurar que elijo todo lo que veo y cómo me informo. No obstante, mis conversaciones ya no están condenadas a reproducir el peso de la actualidad y así no logro comunicarme con un monton de personas.

Escucho los ladridos de los perros, las peleas de los gatos, los autos que pasan frente a mi ventana, las alrededor de 20 variedades de pajaritos que se pasean por mi jardín y por las noches los ecos de algún carrete. La conquista de la copa américa de la selección chilena se sintió como una ovación impresionante desde mi ventana, y a veces me pregunto cómo pude vivir tantos años frente a una pantalla pasiva.

No obstante, la pantalla del android y del pc aún permanecen capturando mi atención, aunque de manera distinta. Como ahora.