miércoles, 30 de mayo de 2018

Cómo desarrollé el paladar (soy lo que como) 1

"La pobreza lo pone a uno creativo" decía un amigo cuando en su casa saltéabamos zanahorias y betarragas para acompañar unos fideos insípidos que a decir verdad quedaban bien sabrosos. En esos tiempos mi sustento estaba asegurado con el arriendo de la casa en la cual vivo hace dos años y la pensión de mi abuela alcanzaba para una dieta llena de cosas ricas y, por cierto sanas y lo más naturales posibles en esta era en que las semillas transgénicas abundan y cualquier intento de alimentación saludable implica un cierto grado de ceguera o ingenuidad.

Desde chico fui malacostumbrado a comer aparte, quizás por esos llantos desgarradores y desesperantes que solía emitir mi abuela me cocinaba aparte y libre quedaba de los caldos de huesos, de los guisos y charquicanes, de los bistec de hígado y su textura harinosa, de las guatitas, chunchules y huevos de pescado que solía traer en esos años donde la variedad alimentaria era un lujo y la comida se repetía a ritmos regulares durante años. Legumbres, tallarines un tanto recocidos, arroz mazamorriento con bistec de corazón o carne molida o vienesas, cazuelas de carne y siempre un plato de ensalada de zanahoria rallada, tomates en mi plato especial con forma de pescado y un postre de manzana rallada con jugo de naranja. Desayunaba y merendaba pan con mantequilla, a veces con super kao sin leche, a veces con te supremo de bolsa, que entonces sabía a té. A veces papas fritas, y cuando no habia pan bollos dulces o salados. A mi abuela no le gustaba mucho cocinar, pero se esmeraba en darle variedad a nuestra dieta. El pollo, el queso, la mermelada, el yoghurt, el manjar de tarro que entonces se preparaba, la coca cola, la mortadela y el pescado frito (que sólo podía ser jurel, mi favorito, o la merluza que nunca me gustó mucho) eran lujos reservados unos pocos días al mes. La leche del consultorio se transformaba en un rico manjar para que yo la consumiera y de vez en cuando no faltaba el queque horneado en casa. Siendo "pobre" de acuerdo a los estándares macroeconómicos que no entendía pese a que en casa se compraba sagradamente La Tercera los domingos uno comía menos, pero relativamente sano. No faltaba su golosina de vez en cuando, y a veces mi viejo me llevaba a comer completos a la schopería Kika del empalme. La comida se compraba en pequeños mercados, de gente conocida, y el pan que transportaba en bolsas de género en el negocio de la vuelta de Don Ernesto, que había sido marino mercante y de vez en cuando contaba una que otra historia.



Todo cambió con la llegada de la democracia. Empezó a haber más abundancia, la coca cola se convirtió en semanal, el pollo apareció con más frecuencia y menos sabor. Fui creciendo y ya no tomaba súper kao, sino té como los grandes. Mi abuela me compraba galletas en el mercado después de la escuela, y en los días escasos tomaba sopa de avena. El pollo frito con papas fritas era un manjar gourmet para mí y empecé a comer cereales al desayuno como los niños gringos.

Mi abuela coleccionaba unos fasículos de recetas que venían con el diario y empecé a conocer la variedad infinita de platos y postres que existían. Muchos de ellos no tenían cabida en mi hogar porque pertenecían a otras culturas y sus ingredientes no se conseguían en ninguno de nuestros mercados coquimbanos.

Todo eso iría cambiando a medida que crecía, visitaba otras casas y mis mañas se veían confrontadas a otros paladares. Descubrí que el queque de la vecina era más rico porque le echaba aceite de vainilla y las cazuelas que preparaba eran más sabrosas porque tenían comino y porotos verdes. Probé la leche con plátano convencido de que no tenía leche y entre burlas tuve que admitir que me gustó.

 A los 13, la mamá de un amigo que tenía negocio y era facha pobre me acorraló un domingo y me obligó a probar las empanadas de pino porque cómo era posible que no me gustaran si era chileno y descubrí que no eran tan malas como su aspecto. Otra vecina venía del sur  y nos daba piñones de araucaria que eran entretenidos de pelar y sabrosos de comer.

Mi progenitor contaba la historia de cómo desarrolló asco a las nueces luego de comerlas todo un verano en Illapel. A mí me pasó con la mermelada de damasco y el pan con tomate y mayonesa que devoraba aquellos veranos adolescentes donde el mundo se sentía tan pequeño frente a la música que empezaba a oir en las radios locales, pero esa es otra historia.