miércoles, 7 de septiembre de 2016

Una noche de cueca con Las Cuequetas

Pertenezco a una generación donde la cueca estaba muerta. Crecí escuchando bandas anglosajonas y todo ese cuento de las espuelas, el pañuelo y el poncho me resultaba lejano y aburrido. Fui victima del apagón cultural de la dictadura y sin embargo desde que vivo en Valparaíso me he ido encontrando con chiquillxs veinteañerxs para quienes la cueca esta mas viva que nunca. Antonia de Las Cuequetas es una de ellxs, cuando la escuche cantar  no pude dejar de escucharla. Me deje envolver por su voz melodiosa, clara y profunda y mas de alguno de sus versos de desamor quedo dándome vueltas.
Me entere que aparte de sus trovas tenia una banda, y ocurrió que me las encontré en un lugar llamado la Boca del Lobo. Al verme me reconoció y me invito a quedarme a ver el show. Entonces pude comprobar que tan vivo esta este baile nacional del que aun tanto desconocemos. La cueca que interpretaron esa noche le debe mucho al cercano oriente, al África negra que vive en medio de nosotros aunque a algunos les duela reconocerlo. Una cueca sensual, llena de gracia, de virilidad y profundamente auténtica. Una cueca matriarcal, pagana y poderosa para eso que está naciendo de las heridas del chile de mentira que a todos nos duele de una forma u otra.

Las cuatro chicas que componen el conjunto crean un ambiente sobrenatural con su armonía de voces que le cantan a la lunita, a la sangre y a sus machos, logrando hacer participar a todo el público en un ambiente festivo y alegre. Universitarixs, extranjerxs y burgueses pachamámicos reviviendo en conjunto un ritual de las entrañas de aquello que nos une. Fue una experiencia nueva y también profundamente antigua, y hasta quien escribe cayó victima del embrujo y trato de emular con mas corazón que gracia el baile que aquella noche si sentí nacional, vivo y hacia adelante. A las chicas se les uniría un carismático acordeonista que bailaba y hacia piruetas mientras tocaba, un contrabajista picado a jazzista que resulto ser un gran bailarín y hasta un saxofonista, actualizando el rito con toda la herencia occidental que ya vive en nosotros. Y las Cuequetas por supuesto, cada una robando escena con su carisma, desplante y coquetería, interactuando con los asistentes, tirando tallas, bailando cuando nadie mas se atrevía en un show que cada noche se actualiza a partir de este ritmo profundo, rasgueado y misterioso que vuelve a habitarnos en estas noches porteñas de principios de milenio.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Siempre me han gustado las historias acerca de paradojas temporales, donde la linealidad se rompe y percibimos por un instante cómo la realidad se estira, se comprime y se dobla para mostrarnos un acontecimiento desde múltiples perspectivas donde no existe una única lectura. En una red de espejos las historias se reflejan multiplicando sus puntos de vista a niveles insospechados.
Mis poemas tenían esa capacidad. Más de una vez al hojear algún viejo cuaderno pude verme anunciado en noches de febril y ansiosa actividad alternada con un par de cigarrillos en la puerta de mi casa en Coquimbo. Tuve miedo de mis proyecciones y los quemé en un intento por liberarme de ellas. Ahora comprendo que al quemarlas las he liberado al mundo para encontrármelas en toda clase de escenarios. Acaso este escrito haya sido anunciado en alguna Liserco vespertina rumbo al hogar, o el mensaje que aquel hombre oscuro en la estación tenía que darme si no hubiese huido aquella noche...