Pertenezco
a una generación donde la cueca estaba muerta. Crecí escuchando bandas
anglosajonas y todo ese cuento de las espuelas, el pañuelo y el poncho me
resultaba lejano y aburrido. Fui victima del apagón cultural de la dictadura y
sin embargo desde que vivo en Valparaíso me he ido encontrando con chiquillxs
veinteañerxs para quienes la cueca esta mas viva que nunca. Antonia de Las
Cuequetas es una de ellxs, cuando la escuche cantar no pude dejar de escucharla. Me deje envolver
por su voz melodiosa, clara y profunda y mas de alguno de sus versos de desamor
quedo dándome vueltas.
Me
entere que aparte de sus trovas tenia una banda, y ocurrió que me las encontré
en un lugar llamado la Boca del Lobo. Al verme me reconoció y me invito a
quedarme a ver el show. Entonces pude comprobar que tan vivo esta este baile
nacional del que aun tanto desconocemos. La cueca que interpretaron esa noche le
debe mucho al cercano oriente, al África negra que vive en medio de nosotros aunque
a algunos les duela reconocerlo. Una cueca sensual, llena de gracia, de
virilidad y profundamente auténtica. Una cueca matriarcal, pagana y poderosa
para eso que está naciendo de las heridas del chile de mentira que a todos nos
duele de una forma u otra.
Las
cuatro chicas que componen el conjunto crean un ambiente sobrenatural con su
armonía de voces que le cantan a la lunita, a la sangre y a sus machos,
logrando hacer participar a todo el público en un ambiente festivo y alegre. Universitarixs,
extranjerxs y burgueses pachamámicos reviviendo en conjunto un ritual de las
entrañas de aquello que nos une. Fue una experiencia nueva y también
profundamente antigua, y hasta quien escribe cayó victima del embrujo y trato
de emular con mas corazón que gracia el baile que aquella noche si sentí
nacional, vivo y hacia adelante. A las chicas se les uniría un carismático acordeonista
que bailaba y hacia piruetas mientras tocaba, un contrabajista picado a
jazzista que resulto ser un gran bailarín y hasta un saxofonista, actualizando
el rito con toda la herencia occidental que ya vive en nosotros. Y las Cuequetas
por supuesto, cada una robando escena con su carisma, desplante y coquetería,
interactuando con los asistentes, tirando tallas, bailando cuando nadie mas se atrevía
en un show que cada noche se actualiza a partir de este ritmo profundo,
rasgueado y misterioso que vuelve a habitarnos en estas noches porteñas de
principios de milenio.
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